lunes, julio 24, 2006

Asignatura obligatoria

Nadie nos educa para enfrentarnos con la muerte. Siempre he tenido la sensación de que Occidente está a años luz de esas culturas como la asiática o la india en las que la muerte es sólo una parte más de la vida.

Nosotros lo vemos, lo sentimos y lo transmitimos como la peor de las desgracias. Curiosamente, no hay ninguna asignatura que nos prepare para la única prueba que, con toda seguridad, hemos de pasar tanto nosotros mismos como nuestros seres queridos. Así que, cuando llega, nos quedamos atónitos, sin capacidad de reacción. Hacemos lo que se espera de nosotros de forma casi mecánica. Nos rebelamos, lloramos, nos negamos a aceptarla, nos enfadamos... Y nos sentimos perdidos.

Yo envidio esas civilizaciones en que las que las personas se dirigen a la muerte con serenidad, como algo que tiene que ocurrir, como algo natural. Pero aquí nadie nos enseña. Aprendemos sobre la marcha, como si fuese la ley de la calle. Y claro, la lección no siempre se asimila correctamente.

La primera muerte de alguien cercano es, de entrada, la más traumática, aunque no necesariamente la más importante. A esto no te acostumbras nunca. No sabes qué sientes, ni cómo continuar luego. Deseamos entrar en un estadio de duelo casi forzoso porque es lo que hemos visto hacer durante miles de años. Intentar superarlo cuanto antes nos parece una falta de respeto hacia el ser que se nos fue. Así que nos pasamos en estado de shock todo el espectáculo del funeral, velorio y demás. Después, cuando todos se van, cuando se colocan las flores y decides qué haces con las cintas de las coronas, cuando finaliza la sordidez del entierro y recoges sus objetos personales, te quedas solo con tus recuerdos. Y con la ausencia.

Cada uno tiene su modo de vivir esa pérdida. Yo soy de las que piensa que el dolor de hoy es parte de la felicidad de entonces. A mí no me gusta olvidar a quien amo ni convertirlo en un tema tabú. Para mí, continuar la fiesta de la vida es una obligación debida a los que ya no pueden hacerlo. Nadie a quien yo quiera o que me quiera a mí podría desear otra cosa.

Guardo celosamente mis recuerdos pero no me regodeo en ellos. Procuro conservar lo bello y hacer de lo malo una página pasada. Me gusta hablar de los que se fueron con alegría, contar sus manías, tratar de entender sus errores. Me encanta pronunciar sus nombres sin temblores ni palabras prohibidas.

Cuando perdí a mi padre hice las vacaciones que tenía proyectadas. Cuando se fueron mis hermanos me hice mi propio espacio obligatorio para todos los que tenemos la suerte de seguir vivos, jóvenes y sanos. Todos ellos me enseñaron que cada oportunidad de sonreír es única. Que una copa de vino con buenos amigos es el cielo.
Que hacer el amor con amor es el paraíso. Que hacer felices a mis niños, el nirvana.

Y mi homenaje para ellos es seguir viva, muy viva. Disfrutar de todo lo que la vida me ofrece _que sea lo que sea, hasta lo más nímio, es mucho_ porque tengo esa fortuna y, donde quiera que estén, seguro que me aconsejarían que lo hiciese. No dedico al dolor más que su lugar justo. Su momento justo y necesario. Y luego continúo. Sin olvidar, sin rebelarme, aprendiendo siempre. Con nostalgia pero sin resquemor.

Y espero y deseo que, el día que yo me vaya, mis hijos y todos los que me hayan querido hagan lo mismo por mí. Que se rían, que disfruten, que me conviertan en un recuerdo amable y alegre. Porque mis muertos y yo no somos cuerpos vacíos. Somos almas en libertad. Hemos venido a crecer y lo hacemos. No somos la cáscara que abandonamos. Somos ese guiño que un día nos hicimos en el pasado, esas pequeñas manías que hemos dejado en herencia, ese trozo de vida que sigue flotando porque yo creo firmemente que, como dicen los científicos, la energía no se destruye, se transforma.

Así que yo he decidido transformar todas esas pruebas en energía vital. Que ese dolor se convierta en fuerza, que esa pérdida sea el mejor recordatorio del amor. Que quienes se fueron me recuerden, una y otra vez, que tengo la obligación de seguir adelante porque tengo el privilegio de estar viva.

Y así, a través de mí, ellos viven también. O eso me gusta pensar.

3 comentarios:

Raquelita dijo...

En tus últimos dos post me has puesto la piel de gallina...escribes realmente bien..te expresas..al borde de la perfección, y te lo digo porque..aunque soy una blanda, no todo el mundo es capaz de trasmitir sentimientos y sensaciones a través de las palabras.

ninfa secreta dijo...

Muchas gracias, Raquelita. No escribo al borde de la perfección ni muchísimo menos, jajaja! He de reconocer, eso sí, que las letras son para mí el más natural y sencillo canal de expresión. Quizá por eso pueden llegarte, algo que te agradezco mucho. Un beso

Anónimo dijo...

Un post precioso. Gracias.

santibichos