domingo, septiembre 24, 2006

Haciendo méritos en el Valle de Lágrimas

Otro domingo malgastado. No hay nada que me frustre más que esperar ansiosamente el fin de semana para malgastarlo encerrada en casa. ¡Si hasta ha dejado de llover! ¡Ufff, qué larguísimo será este invierno...! Detesto las nubes, la lluvia, el frío. Vamos, que soy una auténtica muestra de adaptación humana al medio adverso...

Yo tengo el alma tropical. Adoro el calor, el sol, lo necesito para encontrarle sentido a esos días monótonos y sin emoción alguna tan frecuentes en la vida de todos. Abrigarme sólo me gusta en camita, si es acompañada mejor y no para dormir... Pero sigo en barbecho, así que ya estoy empezando a vestirme para irme a la cama, en lugar de al revés.

Lo mejor de todo es que tengo un colchón sideral, que te mueres de "chupi-caro" que es. 1.50 metros para ocupar treinta y cinco... No somos nada...

Me quedé recordándola (mi niña de las primaveras rotas) y pensando si debería continuar esa larga y, en tantas ocasiones, dolorosa historia.

Era una niña, a pesar de todo, muy extrovertida y charlatana. Los vecinos de su calle, casi todos gente mayor y sin hijos, acostumbraban a pedirle a su madre que la dejasen en sus casas. Les divertía mucho aquel pequeño pajarillo que hablaba perfectamente y por los codos desde muy chiquitita. Así que su papel de jilguero marisabidillo le valió muchas galletas y dulces caseros.

No se parecía a ninguno de sus hermanos. Ahora tampoco, ni física ni psíquicamente. Sí es cierto que todos tienen en común una característica manera de hablar, muy expresiva y vehemente. Fueron educados en la más estricta fe católica. Tan bien los educaron que ella soñaba muchas noches, con apenas seis o siete años, con morir esa noche para despertarse en ese fantástico cielo que en nada se parecía a aquella casa en que había que meter la cabeza bajo la almohada para poder dormir. Y se decepcionaba al despertar.

Su madre le inculcó una visión fatalista de la vida. El famoso valle de lágrimas en el que, cuanto más sufriese, más posibilidades tendría de irse al cielo. Así que, visto lo visto, ella apostaba por morirse pronto como los pastorcillos de Fátima para sufrir lo menos posible...

Tampoco todo era sufrir. En su pequeña callecita aún jugaban los niños en la calle. Hoy ya no se hace pero antes se criaban en la calle, jugando con los vecinos. Crecieron juntos, ella y esos vecinos (muchos hermanos entre sí). Jugaban al escondite, a las prendas, a polis y cacos. Era una experta en camelar a los varoncitos para que la liberasen cuando la pillaban. Y en mirar a los ojos a su amor platónico de toda la infancia. Él era huérfano de madre y un líder nato. Instigador de todas las correrías, gamberradas y motes para todos. De lengua rápida y creativa, inteligente y seductor. Con el tiempo fueron pareja. No funcionó, claro. Hoy son buenos amigos. Y él, casado con su siguiente y única pareja tras la ruptura con ella, conserva ese brillo antiguo en sus pupilas cada vez que se encuentran. Algunos sentimientos parecen ser para siempre. Aunque yo no creo en ese tipo de amor parece que ellos dos sí. Tal vez el corazón varado en la tierna niñez y adolescencia.

Siendo muy pequeña sus padres se trasladaron a vivir a otra ciudad. Nunca se adaptó, ama a su ciudad de un modo casi fanático. En todos los años que estuvo fuera jamás se sintió de aquel lugar. Y, una vez de regreso a Casa, nada quedó atrás. No hay nadie a quien visitar allá. Sólo una urbe gris llena de chismes y envidia.

Sus hermanos sí se adaptaron. Eran jóvenes. Allí se echaron sus primeras novias importantes, allí crearon su pandilla de catequistas. En esa época eran bastante sanos. Ni su propia madre sabe en qué momento se perdieron. Tal vez estaban perdidos desde hacía mucho. La niña vivía fascinada por el mundo adulto. Fascinada por los bailes, por las parejas, por la música, por la pandilla. Sorbía a traguitos los posos de café de su madre, esa mujer extraña, buena pero variable como buen referente de su signo. Cocinaba pitillo en boca, como en las películas, y un vasito de vino para parlotear. Era una mujer de su tiempo atrapada en un rol que detestó siempre: esposa y madre. No le gustaba la casa ni los niños ni vivir atrapada entre cuatro paredes.

Pero su Dios decidió concederle el cielo y, así, se convirtió de por vida en la criada de marido e hijos. Eso sí, logró no entrar en lo más tradicional, con lo cual la casa siempre estaba manga por hombro y jamás se interesó por ella. No era nada más que su jaula. Era la jaula de todos.

Y como todas las jaulas abandonadas se convirtió en una cárcel llena de podredumbre.

4 comentarios:

Patri dijo...

He terminado de leer y me he quedado con tristeza dentro. Me está gustando mucho la historia.

Tenemos algo en común, yo también adoro el sol y el calor. No soporto el frío, no va conmigo.

Ya estas añadida a mis links. ^_^

Besotes

Raúl Alberto dijo...

Esta linda la historia, espero que la continuación no tarde mucho, por cierto me encantaría enviarte un cuento que escribí hace algún tiempo, tú me dices si te parece, un besote y sigue…que esta muy buena…

ninfasecreta dijo...

Gracias por los piropos y, por supuesto, estoy deseando que me envíes tu cuento. Es un género que yo no cultivo, no creo que sea lo mismo.

La historia... irá de a poquito, tal vez resulte demasiado tristona. Ya iremos viendo. Un besazo

Anónimo dijo...

Què recuerdos de infancia, cuando para jugar nada màs tenìamos la calle y todos los juegos del mundo, con mucha imaginaciòn y ganas de divertirnos: el pati, la cuerda, la goma, pico, zorro y zaina, el escondite...... ahora todo son maquinitas y televisiòn.
Me gusta tu historia...
Besitos...