sábado, septiembre 02, 2006

Aquellos maravillosos años

Hoy me toca enclaustramiento obligado. No puedo salir, no hay nadie disponible. Para un fin de semana completo que tengo en todo el mes... En fin, qué le vamos a hacer. Además, salir de marcha está especialmente entretenido últimamente. Con la moda de volver a los ochenta es como si el tiempo se hubiese parado y la misma música espera en cada local.

Los ochenta fueron años memorables para mí. Sobre todo, el curso de mis 21 años. Tenía una pandilla espectacular. Eran todos chicos, con la excepción de "M" que era la novia de mi mejor amigo en el grupo. Ella tenía que irse casi todos los fines de semana así que las grandes juergas nos las corríamos los demás en su ausencia.

Recuerdo que, como no teníamos un duro, nos pasábamos toda la semana ahorrando para hacer un fondo común y poder beber el sábado noche. A cafés andaban los pobres todo el tiempo. Nos reuníamos en el pub de mi familia que era algo parecido a Friends: un lugar donde todos nos conocíamos y no hacía falta quedar. Cuando teníamos tiempo o ganas de reunirnos, allí aparecíamos. De hecho, para ligar era estupendo. Cualquier chico que quisiese encontrarse conmigo sabía perfectamente donde ir con toda naturalidad. Hacíamos fiestas de barra libre hasta caer de culo, veíamos las pelis de vídeo al mogollón y desbarrando mientras yo cenaba mi superbocata y parodiábamos todo lo que se nos ocurría.

Era una pandilla sanísima. En aquellos años, yo era bastante fiel a mi tradicional educación. Había dejado de ser virgen, eso sí, pero no tenía aventuras. Ni siquiera me daba un besito en plan rollo. Vamos, que era tan decente que daba asco. Así que me había convertido en una especie de mascota en medio de todos aquellos chicos remajos y divertidos.

La verdad es que fue un tiempo en que la amistad presidía mi vida. Cuando las cosas se ponían feas en mi conflictiva casa, mis amigos se quedaban conmigo hasta las mil contando chistes y haciendo ver que no pasaba nada. Si estaba triste, allí estaba "P" para echarme encima de su hombro, literalmente, y hacerme reír como una niña. "P" es alguien muy especial para mí. Siempre le quise muchísimo y ese afecto no se ha reducido con los años. Ahora está casado, no nos vemos demasiado pero, al teléfono, somos los loquillos de entonces.

Es carismático, divertido e incluso atractivo. La verdad es que siempre tenía novia, con lo cual tampoco nunca se dio la circunstancia de variar nuestra relación. No quería cambiar yo esa complicidad por un ligue que acabaría mal, como suele pasar. Recuerdo que tenía y tiene la capacidad de iluminar cualquier lugar en el que está. Por mal que estuviese, en cuanto él cruzaba la puerta, yo ya me sentía tranquila y feliz. Verdaderamente, nunca he tenido un amigo como él en el ámbito masculino.

Había noches en que hacíamos fiestas al aire libre en el jardín de uno de la pandilla, el más joven. El chiste oficial era su afición a declarárseme cada vez que se emborrachaba y a la que le tocaba el marrón era a mí. A eso de las dos de la mañana, ya calentitos todos, voceaba alguno: "Señores, en breves instantes J.M. se va a declarar a Ninfa". Pobrecillo, al día siguiente nunca podía mirarme a la cara.
La última vez, borrachos los dos, este chico le dijo a mi amigo que "ssse ifaa a declarar a Ninfa". Él le respondió: "Mushashoo, como te declares hoy también, si no te pega essha una hoztia por gilipollasss, te la pego ssho".

Fue un curso en que nos podíamos pasar 24 horas seguidas por toda la ciudad en un marathón fotográfico, amanecer en la alameda columpiándonos y cantando, bailando hasta quedar agotados, riendo hasta que nos dolía la cara, jugando al rugby con un paquete de tabaco en el pub... Son momentos irrepetibles, tan sencillos y amables en el recuerdo que da mucha lástima verlos alejarse.

Luego, la vida nos fue dispersando. Conservo contacto con dos o tres pero, especialmente y como no podía ser de otro modo, con "P". Lleva tres años felizmente casado, con una chica estupenda que me aceptó sin resquemores y hace ese tiempo hicimos una reunión de esas melancólicas. Fue bonito. Recordamos cosas muy divertidas y nos sentimos los mismos. Supongo que hemos cambiado en muchos aspectos. Pero el grupo de chavales extrovertidos, sanos, juerguistas y malos estudiantes sigue dentro de nosotros. Esa parte nos pertenece y nunca morirá.

Al menos dentro de mí. Siempre he sido una persona afortunada con los amigos y he tenido una juventud fantástica. La sigo teniendo, todo hay que decirlo, pero ¿Quién no extraña esa edad en que tu única preocupación era no suspender demasiado, reunir dinero para salir de copas y pasar el mayor tiempo posible con tus colegas?

Yo la extraño. Es lo malo de hacerse adulto. Ahora hemos evolucionado mucho. He mejorado enormemente en mi visión de la vida y la tolerancia que me ofrezco a mí misma. Soy más libre, soy más fuerte pero nunca olvidaré aquellos maravillosos años.

Va por vosotros, mis chicos.

3 comentarios:

sol_i_lluna dijo...

Si es que cuando nos hacemos grandes siempre añoramos lo que dejamos atras!!!! Pues yo no... aun he de crecer!!!!

Matborr dijo...

No te visualizo bien, pero si, tu alegría y nostálgia de aquellos años locos; maravillosa narración, por alguien que es libre y guerrera!
Enhorabuena, me gusta lo que lei.

ninfa secreta dijo...

He intentado devolver la visita a tu blog pero no se puede leer. Gracias por leerme ya apreciarme.
No me visualizas?? Lee el resto del blog, es muy revelador...