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jueves, agosto 09, 2012

El volcán vive

Creía que había dejado de existir, que había muerto.

Yo misma participé en su magnicidio. No fui la única ni, por supuesto, la más importante.

La hoguera de las vanidades de los sin alma trabajó activamente en su destrucción: los cobardes pusieron su bloque de granito. Los mentirosos la impulsaron al abismo. Los ineptos la apagaron a escobazos. Los necios le robaron la emoción. Los ingratos llamaron estupidez a su generosidad. Los lujuriosos no apreciaron su don. Los tibios no estuvieron a su altura. Los duros de corazón no supieron amarla. Los enamorados inexpertos no pudieron llegar hasta ella.

Era un Vesubio esperando una hermosa Pompeya sobre la que desbordarse, fundirse, derretirse. Un volcán en una Tierra fría, más cerca del Sol de Medianoche que del centro de las entrañas en las que se calcinaba. Un ser fuera de lugar que sentía tanto, vivía tanto, percibía tanto, que no encajaba en ninguna parte.

Ese rugido no compartido la estaba destruyendo. Me destrozaba verla así, por eso tuve que detenerla.

Pensaba que era lo mejor. Primero sedarla del dolor causado por los sentimientos no correspondidos, por el fuego que no encuentra otro fuego que lo mantenga y lo avive. Después, ir apagándola poco a poco, despacio, que el crepitar de las ramas y hojas yermas no resuenen a muerte. Al fin, el silencio hueco, helado de la negritud. Apagué sus ya débiles llamas. "Lo hago por su bien", quise creer.

Donde hubo lava sólo quedaron piedras y fósiles. Ya no sentía nada. Si acaso, la tenue calma de aquélla que sabe que hubo tiempos donde se sintió todo pero se sufrió más. Una lobotomía del corazón que la mantenía a salvo de nuevos daños.

Ahogué su esencia, esa locura de vivir, su sensualidad apta sólo para iniciados, esa fuerza que arrastraba con ella a quien la veía, la chispa electrizante que lo anegaba todo mientras se permitió ser piel y no pensar en las consecuencias. No dejé espacio a su alma libre y salvaje. Creí que había fenecido, que se había ido. Y ella también.

Sólo cuando se cruzaron todo volvió a su lugar. O mejor aún, el desorden tomó las rienda. Las chispas, la lava en forma de sangre, se adueñaron de nuevo de sus venas y de su alma, seca y dormida durante milenios. Sus salivas fueron una y el fuego anegó el valle, arrasó la cordura, las buenas costumbres, los convencionalismos y la Ninfa fue Vesubio y halló, casi sin rozarla, su Pompeya donde inflamarse, diluirse y SER.

Desde entonces es llama, antorcha viviente, fuego inextinguible. Es ella, decidida a inmolarse, a morir en su propio calor, sin miedo al dolor de las llagas que pueda causarle ese fuego abrasador que le muerde las entrañas y la tiene tan viva que no puede pensar en otra cosa que calcinarse en y con él.

Y no hay futuro para las hogueras y es muy probable que tampoco para las ninfas pero nadie, nadie volverá a quitarles el privilegio de sentir.

Aunque deba resucitar una y otra vez para probar el dulce dolor de morir abrasada por haber tenido el valor de vivir. Esta vez no habrá nadie que la entierre.

 Así tenga que acudir a enterrarlo yo misma primero.

domingo, octubre 25, 2009

Un poco de cordura... sólo para ninfas

Me aburría, como casi siempre últimamente, así que me he puesto a releer viejos posts y, sobre todo, viejos comentarios.

Acostumbro a releerme a boleo, esto es, dejo correr el cursor sin mirar y ahí leo. Siempre he creído eso de que los libros dan respuestas abriéndolos por cualquier página y en este blog está la persona que, si bien puede que no sea la que mejor me conoce, es la que más tiempo lleva conmigo: yo misma.

Me caí en varios lugares... en Todos somos capitanes. Hace muy poco tiempo, alguien que descubrió ese texto me comentó que le dolía leer palabras tan amargas y que esperaba ser el artífice de que no volviese a escribir cosas así, especialmente porque él me había repetido algunas de las frases que rechazaba en el post. No ha sido así, lamentablemente, pero, desde la sinrazón intuitiva que es la única que hace que me levante una y otra vez tras cada embestida, sigo creyendo en su sinceridad y en que vuelva a ocupar su puesto a mi lado tarde o temprano.

Seguí paseando al azar por mi blog y desembarqué en Punto y final. Me iba de mi casa, censuraba a la Ninfa, perdía la libertad hasta de escribir en la nada del ciberespacio. Fue conmovedor el aluvión de amigos lectores (a pesar de lo que piensan algunos, no tengo el gusto de conocer personalmente a casi ninguno de los más fieles) que me dieron todo su cariño en el adiós y se lamentaron de mi marcha. Algunas tan especiales como la de mi querido Félix. Que quien tiene el don de la palabra se quede sin ellas para despedirse es todo un privilegio. Supongo que nunca podré evitar que sea mi amor platónico-literario. Y no, tampoco tengo el gusto de conocerle personalmente, cosa que me encantaría.

Estuve tres meses en silencio y, nostálgica de mi yo más profundo (la ninfa expuesta, combativa, tierna, valiente, irónica, estúpida, quejosa, melodrámatica, graciosa, pesada, triste...), volví por mis fueros. Y en todas las reacciones a ese retorno encontré el motivo de este texto.

Llevo una buena temporada regocijándome en mis penas. No es sólo autocompasión (que también) sino que siempre he encontrado en escribir mi catarsis emocional y la Ninfa tiene la dudosa virtud de arrancarme las letras directamente de las entrañas. Reconozco mi tendencia a la purga de sentimientos, daños y quejas al más puro estilo lamprea: sí, me cuezo en mi propia sangre y, a ratos, hasta me gusta.

Sin embargo, allí, en vuestras palabras, me volví a ver como aquélla por la que mejor se me ha reconocido dentro y fuera de este blog: esa especie de ave fénix que renace una y otra vez aunque la vida -que continúa enfadada conmigo- no se lo ponga nada fácil.

Soy una buena persona, no hay atisbo de vanidad en estas palabras. Adolezco de grandes defectos, sonoros algunos de ellos, pero desconozco el odio, el rencor y la maldad. Independientemente de lo que algunos puedan opinar de mí, no hay nadie en la faz de la Tierra que pueda acusarme de hacer daño de modo intencionado, ni siquiera en casos en que, francamente, estaría más que justificado.

Soy generosa, no tengo bienes materiales pero cuando los he tenido, los he compartido. No siento el menor apego por las cosas, bien sé yo que todo eso va y viene. Pero no soy generosa por compartir eso, lo soy porque cuando quiero, quiero a raudales, sin frenos, sin condiciones. No preciso tanto que me den como que me permitan entregar, nada me hace más feliz. Y, probablemente, lo que más desgraciado hace mi día a día es precisamente eso: que no se me permita ni se aprecie mi necesidad de regalar, ayudar, besar, abrazar, amar, sacrificar, escuchar, hablar, estar.

Me he vuelto negativa, lo admito. En realidad, al natural, soy una persona muy vital, juerguista, charlatana y entretenida. Pero los golpes son lo que mejor queda registrado aquí, es inevitable. Soy extrovertida, me gusta la gente, me gusta la calle, el aire, la vida. Sin embargo, he de reconocer que he perdido algo muy importante: la fe.

Me eduqué en una familia religiosa y, si bien me alegro de haberme despojado de todos los fanatismos y tabúes incluidos en el paquete, echo de menos esa legendaria fe que me hacía sentirme acompañada siempre por ese Dios bueno que me contaron que me cuidaría, me querría y me atendería siempre. Es verdad que las personas religiosas son más fuertes ante la adversidad. Desde que no creo de ese modo en alguna persona, dios o cualquier suerte de becerro de oro que me haga darle sentido a los sinsabores, he perdido mucha esperanza. Y es una pena.

En cualquier caso, hoy he vuelto a escribir no por ni para mí. He vuelto por todos los que, de un modo u otro me apoyais, me leéis, me criticáis o me escuchéis en silencio. He vuelto porque quiero volver a verme como algunos de vosotros me veis y me queréis. Porque necesito quererme mucho yq que son tan pocos los que pueden amarme sin fisuras. Y porque estoy cansada de estar cansada. Es muy pronto para tanta desazón.

Vendrán más días oscuros, tardaré en salir de ellos, pero estoy tratando de rebuscar en el fondo de mi alma aquella creencia ciega de que no estaba sola, de que algo superior estaba a mi lado, de que todo tiene sentido. Lo malo es que cuesta. Soy una vaquilla con demasiadas horas de toreo.

En fin, es una declaración de intenciones. Intentaré aparcar un poco las vicisitudes y volverme más generalista. Dar y darme margen. Volver a pensar en mí de modo más individual y hasta egoísta. Es cuando más feliz he sido. ¡Ah, aquellos alegres años de frivolidad….!

Intentaré poner empeño en mí misma y en aprender a aceptar mi nueva situación. Hay alguna página que es posible que deba pasar pero, por el momento, no estoy ni convencida ni preparada para hacerlo. Por lo demás, oremos para que la vida se normalice y sea, siquiera… tranquila.

Buenos días, Compostela, la Ninfa ha vuelto. Trátala bien, todavía es demasiado frágil. Dile a tus piedras que la cuiden.

Y que nadie la obligue a morir, cortando sus alas al volar...


sábado, febrero 07, 2009

Mi "Doctora Vida"

Por lo general, la "gente", como su propio nombre indica y en modo grupal, tiende a actuar de un modo que poco tiene con el concepto más estricto de la humanidad. Otra cosa es cuando conoces personas. Hay personas cuyo lugar en este mundo es tan grande y tan anónimo que, a poco que las conozcas, te das cuenta de que son indispensables, no sólo para uno, sino para todos aquellos que tengan la fortuna de cruzarse en su camino.

Mi médico (lo de médica aunque es correcto no consigo que me suene bien) es uno de estos seres únicos en su especie. Un médico de familia en la Seguridad Social suele ser un personaje que te receta sin mirarte a los ojos, que no te conoce ni reconoce y que, agobiado por un sistema administrativo que es una basura, tiene que atender a los pacientes a la velocidad de la luz. Es posible que a alguno le interesen las personas y le guste su trabajo pero a pocos se les nota.

Mi doctora no. Es una persona diferente no sólo a los demás médicos. Es diferente en sí misma. Desprende humanidad, buen rollo y empatía. La primera vez que fui aluciné con la hora y pico de retraso que había que esperar con respecto a la cita. Cuando entré, lo comprendí. Yo iba presa de una tristeza y desperación profundas. Estaba tocando fondo. Mis problemas personales (a todos los efectos), aunque por causas externas, y el peso de llevarlos en soledad estaban acabando con mis fuerzas.

Iba tan sólo a buscar medicación y encontré un ser dispuesto a escuchar, a ayudar, a empujar, a apoyar, a aconsejar. Con la sabiduría y actitud de una madre. La clase de apoyo afectivo que yo no podía tener en Madrid, lejos como estaba de los míos.

En los siguientes meses se convirtió en un segundo ángel de la guarda, que se preocupaba por mí, que me daba consejos para buscar trabajo, que preguntaba donde conocía para ver si había un puesto que me sacase del pozo económico y, mucho peor aún, emocional. Nunca me mandó al psiquiatra porque, como ella señala, "no estás enferma, lo que pasa es que tienes problemas y tu vida es difícil. Así que ven cada semana, no te puedo dejar sola".

Con ella lloré, me reí, ironicé. En Navidad me despidió con un gran abrazo lleno de sincero sentimiento. Le contaba yo a Ana que, al límite de mis posibilidades, sólo serviría un milagro. Por ese milagro me contó que ella rezaba y muchas personas que conocía también. A su gente le pedía que orasen por "una paciente mía que lo está pasando muy mal". Yo no sé si rezar sirve o no, aunque después de mucho tiempo he vuelto a hacerlo y a pedir también, pero tengo claro que la energía positiva de todas las personas que te desean bien sí ayuda y apoya.

La última vez que la visité dio botes de alegría (aún cuando yo tengo muy presente que, tal como están las cosas, hoy estás y mañana puede que no). Como le señalé "va a ser verdad que hay milagros". Un milagro sin lugar a dudas es que existan médicos con esa humanidad, esa preocupación personal y real por un paciente de los tropecientos mil que tendrá y le contarán sus batallas, al igual que yo. Se ha negado a darme un informe médico (aunque me dé varias recetas) para mi medicación por la dolencia crónica que padezco. El motivo, con una gran sonrisa de oreja a oreja: "Es que si no, no me vienes a ver". ¿Cómo sería posible no quererla?

Ana tiene una enfermedad (no me ha precisado cuál pero es grave). A simple vista está sana, vital, alegre. Por el momento está ganando la batalla. Yo soy una de las que se une a las oraciones para que Ana no sufra ningún mal. Es una ser pleno de luz, muy necesario en esta sociedad de locos en la que nos toca vivir.

Son muchas las personas que se benefician y curan sus males gracias a su magnífica y enérgica humanidad. Es un ser indispensable, estoy segura, en su entorno y para muchos pacientes. Nunca he encontrado un médico como ella. Con esa actitud, esa entrega, esa fuerza y, sin embargo, esa ternura.

Con Ana volví a rezar. A sentir que era una buena madre, que lo hacía bien, que creían en mí. Ahora rezo yo, por si sirve de algo, para que se siga librando con éxito su lucha diaria, con ese optimismo y con ese coraje que sólo alguien lleno de luz como ella puede desprender. Por eso rezo, porque tanto generosa como egoístamente me consta que su lugar está entre nosotros.Una de las pocas criaturas que nos hacen recordar que, después de todo, la vida es bella.



Y si hace falta otro milagro, lo hacemos.