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sábado, febrero 07, 2009

Mi "Doctora Vida"

Por lo general, la "gente", como su propio nombre indica y en modo grupal, tiende a actuar de un modo que poco tiene con el concepto más estricto de la humanidad. Otra cosa es cuando conoces personas. Hay personas cuyo lugar en este mundo es tan grande y tan anónimo que, a poco que las conozcas, te das cuenta de que son indispensables, no sólo para uno, sino para todos aquellos que tengan la fortuna de cruzarse en su camino.

Mi médico (lo de médica aunque es correcto no consigo que me suene bien) es uno de estos seres únicos en su especie. Un médico de familia en la Seguridad Social suele ser un personaje que te receta sin mirarte a los ojos, que no te conoce ni reconoce y que, agobiado por un sistema administrativo que es una basura, tiene que atender a los pacientes a la velocidad de la luz. Es posible que a alguno le interesen las personas y le guste su trabajo pero a pocos se les nota.

Mi doctora no. Es una persona diferente no sólo a los demás médicos. Es diferente en sí misma. Desprende humanidad, buen rollo y empatía. La primera vez que fui aluciné con la hora y pico de retraso que había que esperar con respecto a la cita. Cuando entré, lo comprendí. Yo iba presa de una tristeza y desperación profundas. Estaba tocando fondo. Mis problemas personales (a todos los efectos), aunque por causas externas, y el peso de llevarlos en soledad estaban acabando con mis fuerzas.

Iba tan sólo a buscar medicación y encontré un ser dispuesto a escuchar, a ayudar, a empujar, a apoyar, a aconsejar. Con la sabiduría y actitud de una madre. La clase de apoyo afectivo que yo no podía tener en Madrid, lejos como estaba de los míos.

En los siguientes meses se convirtió en un segundo ángel de la guarda, que se preocupaba por mí, que me daba consejos para buscar trabajo, que preguntaba donde conocía para ver si había un puesto que me sacase del pozo económico y, mucho peor aún, emocional. Nunca me mandó al psiquiatra porque, como ella señala, "no estás enferma, lo que pasa es que tienes problemas y tu vida es difícil. Así que ven cada semana, no te puedo dejar sola".

Con ella lloré, me reí, ironicé. En Navidad me despidió con un gran abrazo lleno de sincero sentimiento. Le contaba yo a Ana que, al límite de mis posibilidades, sólo serviría un milagro. Por ese milagro me contó que ella rezaba y muchas personas que conocía también. A su gente le pedía que orasen por "una paciente mía que lo está pasando muy mal". Yo no sé si rezar sirve o no, aunque después de mucho tiempo he vuelto a hacerlo y a pedir también, pero tengo claro que la energía positiva de todas las personas que te desean bien sí ayuda y apoya.

La última vez que la visité dio botes de alegría (aún cuando yo tengo muy presente que, tal como están las cosas, hoy estás y mañana puede que no). Como le señalé "va a ser verdad que hay milagros". Un milagro sin lugar a dudas es que existan médicos con esa humanidad, esa preocupación personal y real por un paciente de los tropecientos mil que tendrá y le contarán sus batallas, al igual que yo. Se ha negado a darme un informe médico (aunque me dé varias recetas) para mi medicación por la dolencia crónica que padezco. El motivo, con una gran sonrisa de oreja a oreja: "Es que si no, no me vienes a ver". ¿Cómo sería posible no quererla?

Ana tiene una enfermedad (no me ha precisado cuál pero es grave). A simple vista está sana, vital, alegre. Por el momento está ganando la batalla. Yo soy una de las que se une a las oraciones para que Ana no sufra ningún mal. Es una ser pleno de luz, muy necesario en esta sociedad de locos en la que nos toca vivir.

Son muchas las personas que se benefician y curan sus males gracias a su magnífica y enérgica humanidad. Es un ser indispensable, estoy segura, en su entorno y para muchos pacientes. Nunca he encontrado un médico como ella. Con esa actitud, esa entrega, esa fuerza y, sin embargo, esa ternura.

Con Ana volví a rezar. A sentir que era una buena madre, que lo hacía bien, que creían en mí. Ahora rezo yo, por si sirve de algo, para que se siga librando con éxito su lucha diaria, con ese optimismo y con ese coraje que sólo alguien lleno de luz como ella puede desprender. Por eso rezo, porque tanto generosa como egoístamente me consta que su lugar está entre nosotros.Una de las pocas criaturas que nos hacen recordar que, después de todo, la vida es bella.



Y si hace falta otro milagro, lo hacemos.