jueves, febrero 24, 2011

En la calle

No hay nada que me deprima más y en lo que tenga mayor experiencia que en buscar trabajo. Es agotador y demoledor para la autoestima.

Entre que lo único que se ofrece son puestos de comercial (profesión que detesto, no sirvo para convencer a nadie de que se compre algo que no tiene interés en adquirir)que en estos tiempos son lo peor porque la gente hace de todo menos gastar, que me aburre profundamente ver las peticiones descabelladas para luego ofrecer dos duros de sueldo y que me siento como una auténtica incompetente tras mi última experiencia amoroso-laboral, simplemente tengo ganas de desconectar de todo y no pensar que, una vez más, estoy en la calle.

Tengo que reconocer que ni siquiera lo tengo asumido. Aún me despierto con esa demoledora sensación de tristeza por no acudir al despacho, por no sentirme amparada por una nómina, aunque fuese pequeña. Es durísimo despertar cada mañana pensando que es mejor seguir durmiendo porque allá fuera no te necesita nadie.

Quiero reciclarme pero no sé en qué, creo que lo he dicho ya, pero no sirvo para las ciencias, por desgracia. Pienso en tomar clases de inglés pero eso realmente sirve en Madrid (en esta microciudad no tiene utilidad), al igual que un máster de márketing pero todo eso cuesta dinero y lo que tengo que hacer es contener el gasto -aún más- y, una vez más, sería estupendo en la capital pero no puedo seguir dando vueltas por el mundo y Madrid es muy caro y no ha escapado de la crisis, bien lo sé yo.

El haber perdido, aún más, la fe en el género humano tampoco ayuda. La persona que dice me ayudará a encontrar algo me ha mentido desde el día en que le conocí. De ser mi caballero andante, quien parecía encontrar solución y positividad a todos mis problemas, quien me sacó del último patinazo en el fango para hacerme creer que me esperaba el cielo pasó a ser mi verdugo emocional, laboral y personal. Y todo ello mintiendo magistralmente mientras yo no hacía otra cosa que admirarle y casi adorarle por todo lo que creía que me estaba dando.

Con eso y con todo, nunca creí que llevaría hasta las últimas consecuencias, en el fondo y la forma, mi caída a los infiernos. Me cuesta aún pensar que no le martiriza la conciencia... Como si no supiese que carece de escrúpulos. Y todo ello me hace aún más patética porque he tragado lo intragable por mantener mi puesto de trabajo y no ha servido de nada. Y sigo tragando y teniendo miedo por si acaso incumple su parte del trato, como tantas otras veces.

No queda amor, ni siquiera simpatía o respeto. No queda nada, creo que ya estamos a la par, probablemente eso es lo que le sucedía a él hace meses pero yo nunca le hubiese vendido, con o sin cuernos. Pero claro, yo soy bastante pardilla, o me lo hago, por supervivencia. Sólo sé que estoy cansada, que me siento sin fuerzas y que lo más productivo que hago es machacarme en el gimnasio (menos mal que me apunté antes de todo este nuevo desastre) y tratar de mantener el tipo. Eso y explorar los malditos e infructuosos portales de empleo.

Qué coñazo.
















2 comentarios:

La fotógrafa... dijo...

Y mira que los mexicanos, que yo, no vivimos cosas distintas.Y que por un momento, por muchos he querido ser todo menos mexicana.

ninfasecreta dijo...

Pues tal y como está el patio aquí en la Madre Patria dan ganas de salir huyendo...