Es curioso esto de las rupturas. Cuando comienzas una relación -o algo parecido- con alguien, todo es precioso. Venga piropos, venga cariñitos, eres la más inteligente, la más dulce, la más sexy, las más tierna, la más honesta... y, cuando todo acaba... ¡Que empiecen los juegos!
En mi ya, me temo, larga trayectoria (no sé si decir amorosa, digamos, más bien, de relaciones varias) he vivido y padecido de todo. Depende también de quién tome la decisión de terminar y por qué, claro está.
Hay varios tipos: el Despechado, el Comprensivo, el Enamorado y el Culpable. Bueno, estoy segura de que existen muchísimos más pero de algún modo tendremos que resumirlo.
El Despechado no asume la ruptura. Primero se enfada, luego llora, después suplica y, por último, procede a ponerte a parir allá por donde va. De ser el amor de su vida a ser una guarra, pasando por no importarle un bledo hasta convertirte en nadie, todo es uno. Ventaja: normalmente, te la trae al pairo porque a ti esa persona no te intersa pero, sinceramente, mucho mejor sería acabar educadamente, al menos.
El Comprensivo puede ir (o no) de la mano del enamorado. Puede mostrarse amable y nada beligerante porque la ausencia de sentimientos es mutua o porque de verdad te quiere y, cosa poco frecuente pero posible -yo conozco a más de uno-, es un caballero. En caso de estar enamorado puede que tropecéis alguna vez más y si no es así hasta os podréis ir de vinos. El final perfecto.
Pocas veces los finales son agradables pero los peores, sin duda, son los que se alargan y se alargan... Así que pasas de estar enamorada a estar tristísima, luego enfadadísima, después desilusionadísima y, finalmente, hasta las pelotas, con perdón.
Y es que prolongar una ruptura saca lo peor de cada cual, especialmente cuando nadie quiere apechugar con su parte de culpa y siente la necesidad de quedar bien a ultranza. Y yo me pregunto... ¿Qué más da? Pongamos que la has cagado (tú o él), que uno ha sufrido y el otro no, que como no ha sufrido no quiere sentirse responsable del dolor ajeno... Pues vale, quítate de en medio y no machaques a tu víctima. Pero no, esto no es así. Estoy hablando, claro está, del Culpable.
Al Culpable no le gusta serlo. Le gusta parecer bueno, aunque no tenga interés en pasar el trabajo de ejercer como tal. Cree firmemente que lo es: niño malcriado y adorado, desconoce lo que es el sufrimiento por rechazo ni tener que ganarse el cariño de las personas con méritos y no regalos. Si se cansa de su juguete, echa cuentas del dinero invertido en su víctima y se reconforta pensando en lo estupendo que ha sido porque le ha comprado una tele, le ha pagado una factura y ha cambiado amor por dinero. De ahí a la frase: " Me he portado de putísima madre contigo porque te he comprado esto, esto y esto" hay un paso. Y de ese paso a los insultos (mutuos), menos todavía.
Y es que para el que valora la compañía por números, lo que se le da en especie -léase amor (ya lo sé, qué tontería...), cuidados, atención, las puertas de tu casa, tu familia, tus amigos, apoyo incondicional, sinceridad, lealtad, fidelidad, sensualidad, paciencia, caricias y toda suerte de inutilidades que carecen de valor alguno porque no están en venta - el otro no ha dado nada, no merece nada y todos los cuernos, mentiras, humillaciones, manipulaciones y maltratos psicológicos infligidos al muerto de hambre que no hace regalos caros, no tienen importancia alguna. Es más, jamás han tenido lugar. No recuerda nada. Amnesia.
De pronto, eres una persona rastrera porque te permites pensar mal del que traiciona y por reclamar que cumpla sus promesas. Para él, eso y expresarte libremente por escrito, es ser lo peor. Y se sorprende de que, cuando viene a por más, reciba. Culpables, no vamos a ser estúpidas eternamente.
Nosotras también sabemos odiar o, aún peor, ni eso. Y hacer daño, sí, para defender lo que más queremos.
Los Culpables lastiman, deforman la realidad, faltan al respeto e insultan sólo para no querer ver quiénes son. Y ahora resulta que la parte apaleada tiene que aceptar sin rechistar insultos, vejaciones para que se sientan mejor. Pero no se sienten mejor. Y sí, rechistamos.
Es lo que tiene la mierda. Por mucho que te tapes los ojos, por mucho que mires a otro lado, salpica.
Y huele. Más aún, APESTA.
(Y puesto que soy digna de toda clase de insultos y considerada la peor persona de la faz de la Tierra, me permito colgar esta canción que tan bien resume las "virtudes" del Culpable que, con un masoquismo inexplicable, viene raudo a leer aquí).